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La mentira de la educación laica

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La mentira de la educación laica

Muchos hemos escuchado de la supuesta laicidad de los colegios y Universidades en los cuáles estudiamos, creemos que así es, que se trata de un colegio laico por el simple hecho de que no se nombra la palabra religión, Dios, Cristo o Biblia, a menos que sea para atacarlos o mofarse de ellos. Pero ésta es una mentira que nos hemos tragado entera (hasta hace tiempo yo así lo pensaba) y que, como estudiantes cristianos y no cristianos debemos desechar y afrontar como una realidad latente y amenazante.

Al impartir historia, geografía, política, filosofía, los profesores no parten de un vacío para enseñarnos, antes bien, tienen un contexto y una ideología que permea su pensamiento, a tal grado que esa ideología se convierte en un pensamiento totalizador.

El imaginario colectivo que predomina en nuestro tiempo es el del post-modernismo; éste ideal colectivo o cosmovisión  llega a ser tan dominante (como lo fue, aún es, el modernismo) que puede, y de hecho lo hace, controlar el pensar y sentir de aquellos que se encuentran sumergidos en una sociedad que ha forjado cuasi-valores para su existencia. A menos que el profesor se declare abiertamente apegado hacia alguna ideología histórica que luche cuerpo a cuerpo con la filosofía del momento, lo más seguro es que, en su afán de neutralidad, haya caído ya en las redes del post-modernismo y enseñe, consiente o no, los valores que la sociedad y espíritu post-moderna le dicta. Ahora, lo que caracteriza a esta sociedad y a la educación impartida dentro de ella, son los principios de individualismo y de pluralidad (malentendida tolerancia), lo que le convierte en una filosofía anti-dualista y que por lo tanto rechaza la posibilidad de una verdad absoluta. La verdad entonces es un asunto de perspectiva y aún se convierte en inalcanzable. No hay bueno o malo, blanco o negro, todo depende de la perspectiva del individuo.

Este pensamiento (Lo que Dooyeweerd ha llamado el espíritu de la cultura) es tan profundo y está tan arraigado en la mente de los hombres (se convierte, según Agustín, en su segunda naturaleza), que, como mencioné arriba, tiende a totalizar todo, el hombre entonces es dominado por el espíritu de la época y se pone a sus servicio, de tal modo que todo lo que hace, piensa y planea, está dirigido a la perseverancia de estos cuasi-valores, es decir,  se convierte en un dios a quien se le rinde culto de forma práctica. Así, la inevitable e inherente naturaleza religiosa del hombre queda manifiesta en todo su ser, no es ni neutral ni laico, aunque así lo crea y las normas de la institución para la cual labore lo dicten.

El que no se permita la educación por parte de un ministro o sacerdote dentro de algunas Universidades, el que no se abra la Biblia o un libro de religión dentro de las cátedras universitarias, no implica que la educación sea arreligiosa. El hombre no se puede separar de su naturaleza para impartir o tomar alguna clase, no puede dejar su “yo” religioso fuera de las aulas y estudiar desde una supuesta neutralidad aconfesional. Siempre estará sujeto a su dios cultural-teórico, y al dios al que sirva es al dios que dará a conocer a través de sus enseñanzas. Por tanto, aquello de la supuesta irreligiosidad-neutralidad-laicidad de la educación es una gran mentira. Ya que aún este pensamiento parte de un principio religioso básico.

Bueno sería que tuviéramos profesores que contaran con la Palabra revelada y que se apegaran a los principios que ésta dicta para la enseñanza. Que su vida, familia, historia, economía y política estuvieran escrituralmente dirigidas. Pero no es así,  la mayoría contamos con profesores servidores de otros dios, incrustados en una ideología hueca y contradictoria, que  si no es resistida con un principio escritural y con jóvenes cristianos enteramente preparados en sus respectivas áreas de estudio, llenos del Espíritu de vida, terminará por imponerse de lleno y afectará no sólo las ciencias sino el modo de vida de nuestras sociedades.

 

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